Fecha: 19 / 09 / 2020
Hora: 07:41 PM

La Talacha / El poder y la autocrítica

Por: Francisco Cuéllar Cardona el 02/09/20
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Cuando un hombre o una mujer llega al poder a través de un cargo de elección popular (alcalde, gobernador o Presidente de la República), lo primero que pierden es la objetividad. Nada más distinguen lo que ven sus ojos, o lo que alcanzan a escuchar sus oídos; en algunos casos son condescendientes y prestan atención a lo que les dicen sus colaboradores; fuera de ahí, pierden el piso y se vuelven intocables y hasta inalcanzables.

En sus memorias, Don Francisco Martínez De la Vega, político y periodista potosino intachable, cuenta en sus memorias que tras la desaparición de poderes en San Luis Potosí en 1959, siendo diputado federal, fue llamado por el entonces Presidente Adolfo López Mateos para anunciarle que sería gobernador interino de San Luis Potosí, cargo que aceptó de inmediato, “al Presidente no se le puede decir que no”, narra. Pero cuando finalizaba su plática con él, Don Francisco le preguntó que aparte de asumir la gubernatura, ¿hay un encargo especial, señor Presidente?.

“Sí” – le respondió.

“Cuando se siente en la silla del poder – dijo señalando la silla presidencial -, no le pase lo que a todos nos pasa. Lo primero que se nos sube cuando nos sentamos en ella, es lo pendejo”.

Y así sucede. Es la naturaleza del ser humano. Nadie está preparado para ejercer el poder, aún cuando en la mente de quien busca tenerlo haga alianzas, escuche consejos, estudie y se prepare para llegar a un cargo de importancia en la función pública.

Está comprobado que hombres y mujeres cuando tienen el poder mediante una asignación o porque el voto popular se los dio, se marean, pierden el piso, se vuelven ciegos, se transforman y hasta enloquecen; el poder los trastorna.

La frase conocida de ¿qué hora es?, y la respuesta del ayudante y colaborador: “la que usted diga señor Presidente”, está sustentada en una realidad que existe.

El tema viene al caso, luego de revisar línea por línea el discurso del Presiente Andrés Manuel López Obrador, en el marco de su segundo informe de gobierno, en donde todo está perfecto.

El país desde el 1 de diciembre del 2018 es otro. Se acabó la corrupción y por arte de magia los corruptos desaparecieron de la escena pública. Ya no manda la delincuencia organizada como antes; tampoco hay desapariciones, ni torturas, ni se violan los derechos humanos; el país está en santa paz. La pandemia del coronavirus está controlada y México manejó mejor que Gran Bretaña, Italia, Alemania y España esta crisis sanitaria. La economía está estable y pese a los contratiempos, la recuperación está en marcha, hay menos pobres en el país, y 10 de cada 7 familias ya reciben los beneficios económicos del gobierno.

Ni una línea y ningún espacio para la autocrítica; vivimos en un país maravilloso. La Cuarta Transformación, es una auténtica realidad. Esto es un ejemplo de que el poder ciega.

Claro está, no es privativo de la Cuartaté. Esta misma película ya la hemos visto muchas veces. Así como ahora, otros presidentes y otros gobernantes en los Estados y en los municipios, en la cúspide de su poder han presumido ser los mejores; se han bañado de confeti y han sido aplaudidos: el poder los ha trastornado y se han negado a ver el mundo real; no han querido ver más allá de sus narices.

La autocrítica, la autoevaluación, el escuchar a otras voces y otras opiniones, oxigena y sana a un buen gobierno y hace ver bien a un gobernante, pero desafortunadamente el poder hace rehén a los pendejos como lo decía bien el Presidente López Mateos.

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