Escribí ayer del absurdo que vivimos en el que todas las actividades están abiertas con tal de ponernos un cubrebocas —unos segundos— y limpiarnos las suelas de los zapatos —que no sirve para nada—, y que lo que en verdad importa, la educación, sigue mayormente cerrada a actividades presenciales.
Decía que tardaremos mucho en medir el tamaño de ese impacto, que podrá resultar trágico. Ayer mismo conocí un primer estudio publicado en agosto del año pasado por Luis Monroy-Gómez-Franco, de la City University of New York; Roberto Vélez Grajales, del Centro de Estudios Espinosa Yglesias, y Luis Felipe López-Calva, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, que hace algunas estimaciones no solo para el país en general, sino por regiones y estratos sociales dadas las profundas desigualdades que existen en el país. Reproduzco algunas de sus conclusiones. La traducción es mía.
“La baja efectividad del modelo educativo a distancia puede resultar en un costo permanente, medido en términos de aprendizaje, de al menos tres años de escolaridad para la región sur del país, lo que muestra la magnitud del problema. Además, es importante destacar que dicha estimación del impacto permanente es un efecto promedio. La dispersión observada sitúa a los jóvenes miembros de hogares con menos recursos en peor situación.
A falta de medidas compensatorias, nos enfrentamos a una situación que podría traducirse en un conjunto decreciente de oportunidades, con un costo en términos de movilidad social para los grupos de jóvenes afectados por los cierres. Para dar una idea de lo que implica un costo de aprendizaje de tres años, podemos usar el promedio de ingreso laboral por nivel educativo antes de la pandemia como referencia. Con datos de la ENOE (Encuesta Nacional de Empleo) para el primer trimestre de 2020 (en pesos 2021), el diferencial en el ingreso laboral promedio entre los trabajadores con niveles primarios y medios completos en la región sur fue de 656 pesos mexicanos mensuales (5 mil 112 versus 5 mil 767 pesos, respectivamente). Suponiendo que el mercado laboral puede distinguir la diferencia en los aprendizajes sin cambiar los años formales de escolaridad, el costo de por vida se traduciría precisamente en los 656 pesos mencionados anteriormente, una caída de más de 11 por ciento de los ingresos laborales mensuales de la población que ha completado la escuela secundaria”.
De ese tamaño. Y los más afectados, los más pobres.
Carlos Puig
@puigcarlos




