Prometió cambio. Juró romper con el pasado. Hizo de la «herencia maldita» su bandera de campaña y su excusa recurrente.
Sin embargo, tres años después, el gobernador de San Luis Potosí, Ricardo Gallardo Cardona, ha demostrado que su discurso anticorrupción y antipriismo no era más que un artilugio retórico.. Una farsa.
Hoy, esa “herencia maldita” que tanto condenó está sentada cómodamente en su gabinete.
Lo que debió ser una administración de renovación se ha convertido en una burda simulación. Gallardo no solo ha abierto las puertas de su gobierno al viejo priismo y panismo al que decía combatir: los ha premiado con posiciones clave.
Ahí están, como prueba irrefutable, ex funcionarios y cuadros políticos provenientes del PRI y el PAN, hoy reciclados y empoderados bajo el cobijo del Partido Verde.
Crisógono Sánchez Lara, ex priista, primero en el SEER y ahora Secretario del Trabajo. Jorge Díaz Salinas, vinculado a la red de corrupción en el Congreso, funge como Secretario de Desarrollo Agropecuario. Yolanda Cepeda, ex diputada y ex alcaldesa priista, ocupa la Secretaría de Turismo.
Mario García, ex edil tricolor de la capital, encabeza Cultura. La lista es larga y vergonzosa.
Pero el caso más ofensivo es quizás el de Alejandro Leal Tovías, símbolo del poder autoritario y corrupto del sexenio de Juan Manuel Carreras.
Hoy, lejos de rendir cuentas, es operador político del partido oficial.
A ellos se suma José Luis Romero Calzada, otrora enemigo público de Gallardo y ahora reconvertido en aliado, a pesar de sus múltiples señalamientos y vínculos cuestionables.
¿Qué pasó con la promesa de desterrar a los cómplices del pasado?
¿En qué momento el gobierno del cambio se convirtió en refugio del viejo régimen?
El gobernador parece olvidar que fue precisamente el hartazgo ciudadano contra ese priismo anquilosado y esa complicidad panista lo que lo catapultó al poder.
San Luis Potosí votó por una ruptura, no por una simulación. Apostó por un nuevo rumbo, no por la continuidad maquillada con nuevos colores.
Es claro que en la administración de Gallardo la congruencia no es una virtud. Mientras su discurso sigue culpando al pasado, sus acciones lo reciclan. Y si algo deja claro esta contradicción, es que el problema no era solo el color del partido, sino la forma de gobernar.
Y esa, tristemente, sigue imperando e intacta



