Ciudad de México.- El asesinato perpetrado por un menor contra sus maestras en Michoacán no puede reducirse al impacto mediático, sino que exige un análisis profundo sobre las fallas sociales que lo rodean.
La doctora Alma Polo, académica del Departamento de Psicología de la Universidad Iberoamericana, advirtió que este tipo de violencia no surge de forma aislada ni responde únicamente a un individuo.
Desde una perspectiva psicológica, explicó que estos hechos reflejan deficiencias en los sistemas de contención que deberían acompañar el desarrollo emocional y social de niñas, niños y adolescentes.
Señaló que actualmente muchos jóvenes carecen de herramientas para gestionar emociones complejas como frustración, enojo, soledad o desesperanza, lo que puede derivar en conductas de riesgo o respuestas violentas.
Estas habilidades, subrayó, se construyen principalmente en entornos clave como la familia, la escuela y la comunidad, donde muchas veces no se detectan a tiempo señales de alerta.
Advirtió que la adolescencia es una etapa especialmente vulnerable, marcada por la búsqueda de identidad, pertenencia y reconocimiento, factores que pueden incidir en el comportamiento si no se canalizan adecuadamente.
Cuando estas necesidades no encuentran respuesta en entornos sanos, añadió, los jóvenes pueden inclinarse hacia dinámicas de aislamiento, violencia o grupos que refuercen conductas destructivas.
La especialista insistió en que este tipo de casos deben abrir un debate serio sobre la responsabilidad colectiva y la necesidad de fortalecer los mecanismos de prevención y acompañamiento.





