San Luis Potosí aparece esta semana en los reportes oficiales como uno de los estados con menor número de homicidios dolosos, apenas dos en siete días, según datos del CENAPI. Una cifra que, por sí sola, parecería mostrar un territorio en calma. Pero ¿esa es la realidad que viven todos los días los potosinos?
La lectura oficial se enfoca en destacar un logro aislado: el número de asesinatos. No obstante, esa cifra no basta para declarar victoria en materia de seguridad. Porque mientras los homicidios bajan, la percepción ciudadana sobre la inseguridad sigue siendo alta, y otros delitos –menos escandalosos pero más constantes– siguen al alza.
En barrios de la zona metropolitana de San Luis Potosí y Soledad, los robos a casa habitación, los asaltos a transeúntes, el robo de vehículos y los atracos a negocios son parte del día a día. En muchos de estos casos, las víctimas ni siquiera presentan denuncia: la desconfianza en las autoridades, la burocracia y la sensación de impunidad desalientan cualquier intento por acudir al Ministerio Público.
Además, informes recientes de observatorios ciudadanos revelan que la extorsión, el cobro de piso y la violencia familiar no han cedido, aunque su visibilidad sea menor que la de los homicidios. La narrativa de “estado seguro” choca frontalmente con las conversaciones cotidianas en mercados, tianguis, colonias populares y corredores industriales.
Por si fuera poco, la percepción de inseguridad en el transporte público es una de las más altas del país, según la Encuesta Nacional de Seguridad Urbana (ENSU). ¿De qué sirve vivir en un estado con pocos homicidios si la gente se sube al camión con miedo o sale a trabajar con la angustia de no regresar con su cartera?
El gobierno estatal ha apostado por un discurso optimista, respaldado en cifras de corto plazo, pero la verdadera prueba está en el largo plazo y en la calle, no en la hoja de cálculo. La estrategia de seguridad debe ser integral, pero también debe ser evaluable y, sobre todo, debe rendir cuentas. No basta con decir que “San Luis es seguro” si esa seguridad no se palpa, no se percibe y no se vive.
Porque la seguridad pública no puede construirse sólo con estadísticas. Se construye con confianza, con justicia, con policías cercanos, con ministerios públicos eficaces y con una ciudadanía que no tenga miedo de denunciar. Y en eso, aún hay mucho por hacer.





